Un toldo marrón, recién incorporado, confirma la novedad. Marrón con letras blancas,
estilizadas, avisa que ahí, en esa esquina de Suárez y Arcamendia a
metros del pasaje Lanín, sigue estando en pie La Flor de Barracas, un
bar y cafetín que reabrió hace poco renovado pero respetando su arquitectura y estilo original
, tan característicos del barrio a principios de 1900, y tan
tradicionales para ese lugar. El café, que perteneció a tres españoles
durante los últimos 60 años, estuvo en venta en 2009 pero, pese a que
se temió su demolición porque el edificio estaba muy caído y se buscaban otros emprendimientos, los nuevos dueños decidieron reciclarlo y recuperar ese espíritu de antiguo barrio que tanto buscan preservar sus vecinos.
Como El Progreso, que todavía sigue intacto en Montes de Oca y California,
La Flor mantiene el piso original, mesas y sillas. También están la
vieja barra de madera y los estantes con botellas de Licor Mariposa y
ginebra Bols, las persianas de colores, el quiosco con vitrina y hasta
la letrina en el baño de hombres. Todo reciclado, pero casi intacto,
como hace 113 años.
La recuperación sorprendió hasta a los vecinos, que ya lo veían venido abajo. Victoria, la nueva dueña
(prefiere no dar su apellido), dice que lo compró a fines del año
pasado, cuando Mercedes Soto –viuda de uno de los españoles que lo
manejaron durante más de medio siglo– se cansó de mantenerlo sola, y
cuando todo el barrio ya pensaba que el cartel de venta –que ofrecía
esa esquina a cambio de 300.000 dólares para hacer un hostel o un local
de tango para turistas– anticipaba una demolición, y luego,
posiblemente, la llegada de una torre.
“Dicen los vecinos que este bar es anterior al Normal 5 que está acá enfrente, y que acaba de
cumplir 100 años. El mozo que acompañó siempre a Mercedes me contó mil
historias: que antes se llamó Tarzán, y antes, La Puñalada. Los últimos
dueños vivieron el esplendor: laburaban con las fábricas, las 24 horas.
Pero después se cayó y la gente dejó de venir. Cuando lo compré no
quise cerrarlo y dejar a sus parroquianos sin su cafetín, y hasta
Mercedes me agradeció que siguiera adelante; pero es una gran
responsabilidad, también”, comenta Victoria, que llegó a Barracas sin
experiencia en el rubro gastronómico, pero confiando en el potencial de
la zona.
Hoy la apoyan sus cuatro hijos, que se reparten las obligaciones del bar, y el personal que trabajaba en su casa: Ofelia,
su cocinera, es hoy la chef de La Flor. Y la moza es una chica que
también daba una mano en su casa.
A pesar del valor patrimonial del café, la recuperación se hizo en secreto. Sin apoyo oficial. Pero
la ONG Proteger Barracas la descubrió y le dio difusión. Hoy, su
reapertura coincide con tres proyectos de ley que buscan proteger ésa y
otras áreas del barrio que están en riesgo por las demoliciones. Y,
además, se ajusta a estos nuevos tiempos: desde que abrió, La Flor
también tiene sucursal en Facebook, con casi 700 amigos.
Victoria se entusiasma con la idea de que no se pierda nada: “Que a la mañana
vengan a desayunar los obreros de la fábrica de enfrente, que después
lleguen los que toman su vinito, y que al mediodía almuercen los
ejecutivos y pasen los estudiantes. Es un lugar valioso y hay que
cuidarlo. Sólo basta con aprender a convivir entre todos”.
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